Los cambios que se dieron en los bolsillos de los “millones” de jubilados, tal como el Gobierno lo había prometido, solamente impactaron hasta  ahora en unos seiscientos y pico de mil. En promedio, se les incrementó su haber sólo entre un 21% y un 24%. A 200 mil el ajuste sólo les significó dos kilos de carne, una botella de aceite, un paquete de arroz y un rollo de papel higiénico por mes.

 

Por Christian D’Alessandro (*)
El 2016 fue sin dudas un año de cambios. El nuevo Gobierno se propuso llevar alegría, esperanza y felicidad a cada argentino. En particular, a los jubilados les otorgó la “reparación histórica”, un ajuste de haberes voluntario por el que 2,4 millones de beneficiarios iban a recibir aumentos de hasta un 40% promedio.
Sin embargo, la tan ansiada reparación, con este nuevo paradigma de dar buenas noticias y brindar títulos grandilocuentes, en el balance del 2016 dejó más un sabor amargo que grandes historias para contar.
Susana, una de las beneficiarias de esta ley, recibió 52,87 pesos; a Berta el ajuste le significó 86 pesos y la jubilación de 5.661,16 pesos de Dora pasó a 6.459,52; o sea la importante suma de 798,36 pesos; y así se replican los casos.
No obstante los cambios que se dieron en los bolsillos de los “millones” de jubilados, tal como el Gobierno había prometido, sólo impactó hasta ahora en unos seiscientos y pico de mil a los que, en el promedio, se les incrementó su haber tan solamente entre un 21% y un 24% y, de ese colectivo, a 200 mil el ajuste sólo les significó dos kilos de carne, una botella de aceite, un paquete de arroz y un rollo de papel higiénico por mes.
Cambios y más cambios se dieron con la devolución del IVA para jubilados y otros beneficiarios del sistema de seguridad social. Unos 3,5 millones de adultos mayores que perciben una jubilación mínima, 5.661 pesos, recibirían, según el anuncio, el 15% de reintegro hasta un máximo de 300 pesos por el impuesto; sin embargo, el cambio quedó simplemente en más de lo mismo, un lindo anuncio, y su impacto real en el bolsillo del jubilado benefició tan solamente a unos 500 mil de los que se había prometido.
En este tren de dar buenas noticias y denunciar la “herencia pasada”, el Pami, en este 2016, tampoco estuvo exento de las portadas de los diarios. Una foto de una silla de ruedas herrumbrada en el galpón de una dependencia de la obra social para jubilados y pensionados nacionales con una leyenda que decía: “Cuando llegamos al Pami, encontramos 16 mil sillas de ruedas oxidándose. Son 16 mil argentinos olvidados” marcó un antes y un después en la gestión de Carlos Regazzoni frente al Instituto.
El problema está en que la foto fue publicada justo en el mismo momento en que el interventor del organismo tenía que ir a dar explicaciones al Congreso por la restricción de medicamentos de forma gratuita por considerárselos “obsoletos”.
¿Quiénes pagaron el pato de la boda? Los millones de jubilados enfermos que precisan los remedios para vivir, como es el caso de Berta, que ahora debe pagar una parte de su medicamento del colesterol que antes lo tenía a costo cero.
Los farmacéuticos también se hicieron oír y cortaron durante varios días la atención a los jubilados reclamando que la obra social no les pagaba la deuda y dejaron a María, y a otras tantas, sin las pastillas de la presión.
De la guerra entre las farmacias y el Pami saltamos a la guerra entre los médicos de cabecera y el Instituto, conflicto que, otra vez, puso en jaque la atención de los beneficiarios. Los profesionales de la salud dejaron de atender por días debido al cambio compulsivo en el sistema prestacional.
Para no extenderme demasiado, también la agenda fue marcada por la falta de pañales, la no entrega de prótesis: como marcapasos, sillas de ruedas, camas ortopédicas, entre otras y ya cerrando el año nos anoticiamos de que los odontólogos de varias partes del país también cortaron los servicios de las dentaduras postizas por la deuda que mantiene el organismo que dirige Regazzoni con estos.
Lamentablemente, el panorama viene complicado.
Se está conociendo que las clínicas están al borde de cortar las prestaciones y también los miles de jubilados que están viviendo en los hogares geriátricos pronto, de no saldarse la deuda millonaria, pueden quedar en la calle, porque los hogares deberán cerrar sus puertas.
Sin dudas, el balance es poco alentador. Entre la impericia y la desidia de los que tienen el deber de cuidarnos, los jubilados argentinos son los rehenes de un año lleno de cambios, pero negativos.
(*) El autor es abogado especialista en derecho de la previsión social y en derecho de las personas mayores. Director del Instituto de Derecho de las Personas Mayores y Políticas Gerontológicas del Colegio de Abogados de Morón