Víctor Hugo Morales hizo mención en su programa de una declaración del consejo de redacción de la Revista “Horizontes del Sur”, dirigida por Edgardo Mocca, en la cual se considera que la candidatura de CFK es un triunfo en sí misma. Aquí el audio del fragmento mencionado, y a continuación la declaración completa.

El Concejo de Redacción de la revista está conformdo por: Ricardo Aronskind, Ariel Colombo, Adrián Dubinsky, Maximiliano Fernández, Ricardo Forster, Daniel Iaszewicki, Constanza Iselli, Antolín Magallanes, Mariano Massaro, José Massoni, Sebastián Mauro, Edgardo Mocca, Silvina Mohnen, Federico Montero, Damián Paikin, Eliana Persky, Eduardo Rinesi,  Daniel Rosso, Mario Toer, Juan Vallerga, Juan Videla.

El actual proceso electoral que afrontamos los argentinos tiene una extraordinaria importancia política. Está en juego si el nuevo proyecto de reestructuración neoliberal y neoautoritario en marcha desde diciembre de 2015 alcanza el consenso político que lo dote de viabilidad y consistencia. El gobierno de Cambiemos ha puesto en marcha un proceso de gigantescas transferencias de recursos a favor del sector económicamente más poderoso de la sociedad. Baja del salario real de los trabajadores y jubilados, límites extorsivos a las negociaciones paritarias, aumentos exorbitantes de las tarifas de electricidad, gas, agua, transporte y precios de medicamentos, baja pronunciada del consumo, caída industrial, apertura indiscriminada de las importaciones, cierre de pequeñas y medianas empresas, endeudamiento internacional dirigido al financiamiento de un nuevo ciclo de superganancias por la vía de la especulación financiera y la fuga de capitales, desfinanciación de la educación y del desarrollo científico-tecnológico, regreso del país a la sumisión a los organismos internacionales de crédito y a la maquinaria neocolonial y guerrerista de los Estados Unidos con el consecuente debilitamiento del proceso de integración regional: todo esto supone un ataque sistemático al estado de derecho, que incluye presos políticos, represión de la protesta social, persecución sistemática a la oposición, supresión fáctica de la división de poderes y apartamiento grosero de las normativas e instituciones internacionales. Un verdadero cambio de régimen, ensamblado con la estrategia de los grandes poderes globales para nuestra región. Es un proceso regresivo que recrea las condiciones históricas de las grandes catástrofes nacionales, como la que en 2001 puso en entredicho la subsistencia misma de la Argentina.

No es, entonces, una elección de rutina la que afrontamos. El establishment local y global es conciente de lo precario de la legitimidad alcanzada por un gobierno obtenido por un exiguo margen de votos precedida por una estafa electoral sin precedentes: casi no puede mencionarse una promesa electoral de Macri que se haya cumplido o que esté en camino de ser cumplida. El reemplazo de la política por la publicidad mentirosa es una marca identificatoria del actual gobierno. Al servicio de esta práctica trabaja un colosal aparato mediático, una corporación judicial que confunde la administración de justicia con el show de la persecución y el linchamiento de adversarios políticos y una desatada jauría de servicios de información dedicados al chantaje y a la cooptación.  La mentira sistemática tiene una hoja de ruta definida, la de desacreditar cualquier alternativa viable al rumbo neoliberal. La derecha ganó la elección presidencial pero no pudo coronar su plan maestro: el final catastrófico de la experiencia nacional-popular iniciada en 2003; esto es, la salida anticipada de Cristina, envuelta en un caos económico, social y político. Cristina terminó su mandato rodeada de una multitud en la Plaza de Mayo y el país que comenzó a gobernar Cambiemos era un país pacífico y ordenado. Por eso se desplegó el insólito operativo de construcción imaginaria de una grave crisis de la que los argentinos no nos habíamos enterado. Después de doce años, “estalló” la crisis que estaba latente, la “bomba de tiempo” que el populismo ocultaba. No es lo mismo la verdad efectiva de las cosas que la afiebrada imaginación de los publicistas de Macri.

En esta elección se trata, en primer lugar, de pensar si estamos mejor o peor que el día en que asumió este gobierno. Si nuestra vida es más fácil o más difícil, más ordenada o más desordenada. Si tenemos planes para estar mejor o estrategias para no seguir retrocediendo. Esto es lo que la maquinaria publicitaria que sostiene al macrismo procura evitar. “No hablemos de economía” ordena el ecuatoriano jefe del estado mayor de la mentira publicitaria. Hablemos entonces de la “corrupción”, pero no como problema sistémico propio de la relación entre política y dinero en esta sociedad y en cualquier otra sociedad capitalista actual o histórica, sino como una etiqueta pegada a una ideología y a una experiencia de gobierno particular: el “populismo” de Néstor y Cristina. La operación cumple, entonces, con dos objetivos cruciales para el gobierno: corre del centro la situación social que vivimos y descalifica los años de gobierno kirchnerista. Este último es el designio central de la derecha argentina y sus aliados globales. No alcanza con tener un gobierno amigo de los poderosos, es necesario que el “sistema político” proyecte garantías hacia el futuro. Es decir, que la “amenaza populista” quede definitivamente bloqueada y sus seguidores se limiten a formar una o más sectas con mucha elocuencia declarativa pero nula potencia política.

Por eso, quienes integramos “Horizontes del Sur” consideramos que la candidatura de Cristina Kirchner a senadora de la provincia de Buenos Aires es, en sí misma un triunfo político. Porque es el signo más contundente de la presencia en la política argentina de una alternativa antagónica a la política que hoy está en marcha. No se trata de un movimiento hacia el pasado sino hacia el futuro. Cristina no solamente es candidata sino que lo es en el centro de un nuevo dispositivo político, de un nuevo mensaje público orientado a construir una nueva mayoría y no la simple recuperación de posiciones del pasado. Unidad Ciudadana es el nombre de una política que se nutre de densas tradiciones populares y que, al mismo tiempo, interviene en un proceso de crisis de la representación política que los argentinos conocemos en profundidad y cuyo alcance mundial es hoy innegable. El cuestionamiento a los partidos políticos recorre el mundo: lo vemos en Europa y en Estados Unidos, en los países más desarrollados y en los más pobres. Está en crisis una concepción de la política como juego de máscaras parlamentarias, formal y vacío, ajeno al mundo popular; derechas e izquierdas que agitan iconos antagónicos del pasado en tiempos electorales, pero se unen finalmente en la aceptación de lo que consideran el único mundo posible: éste, en el que un puñado de familias concentran en sus manos la riqueza de todo el planeta, aquel, en el que multitudes humanas viven desprotegidas, en la guerra y en la superexplotación. Está en crisis la política de partidos, concebidos o maniatados desde arriba, como industria floreciente, como un próspero subsistema que refuerza la estabilidad de un modo de dominación. Es la famosa mitología liberal de la “alternancia” que asegura el cambio periódico de las élites gobernantes sin dejar de respetar el pacto no escrito que rige la vida del parlamentarismo global: la no interferencia de la política estatal con los negocios del gran capital a escala planetaria.  Ese “mundo feliz” de la democracia liberal –leve, consensual, supuestamente plural- es el que la derecha argentina pretende reconstruir retomándolo desde las cenizas de aquel diciembre trágico cuando se desbarrancó la primera alianza como consecuencia de la aplicación de una política parecida a la que hoy está en curso que, en nuestros días aparece empeorada en términos de funcionamiento democrático.

Las fuerzas populares argentinas no necesitan inventar un proyecto alternativo desde la nada. La experiencia iniciada en 2003 tiene que ser aprovechada críticamente para enfrentar nuevas circunstancias y nuevos desafíos. No podemos empezar desde cero, desde la sola imaginación política. Lo que debe nacer es un reagrupamiento nuevo y superior, una refundación para una nueva oleada popular, de alcance nacional y regional y con proyección global.

Mucho se habla hoy del futuro del peronismo. Hay quien vuelve a lanzar la idea de la renovación del peronismo que tuvo su fulgor en la década del ochenta del siglo pasado. En realidad, pensar el futuro del peronismo no es el problema de un partido político o de un movimiento. La importancia del asunto no está en un estatuto y en una plataforma ocasional. Tampoco en una lista de candidatos. El peronismo es el nombre de una profunda memoria popular, de una mitología plebeya que constituye –hoy, más de setenta años después de su nacimiento- la “diferencia argentina”, la capacidad de sus clases populares para movilizarse, para resistir los atropellos y para darle cimiento a experiencias transformadoras de gobierno, a la conformación de un bloque nacional-popular y democrático.  Unidad Ciudadana nació fuera del sello identitario legal del peronismo y, al mismo tiempo, apela al protagonismo popular con su propuesta de colocarse fuera de los límites formales que trazan las etiquetas partidarias. Toda la simbología que viene desplegándose en la campaña a partir del acto de Arsenal de Sarandí –desde la exclusividad de los colores de la bandera patria hasta la centralidad de los testimonios populares sobre los discursos políticos en los actos de campaña remite a la construcción de un nuevo punto de partida del movimiento nacional-popular. Va en busca de ese impulso histórico original, de aquella jornada en la que el movimiento obrero alcanzó el estatuto de fuerza principal de la historia política argentina. Y al mismo tiempo, quiere dar cabida a todas las tradiciones que en algún momento se nutrieron de la savia popular.

En poco tiempo más, tendremos a nuestra vista el resultado electoral. Está claro que la elección en la provincia de Buenos Aires no será la de un distrito más, ni solamente el de la provincia más poblada y poderosa del país. El resultado de la elección de senadores bonaerenses será el registro principal de la relación de fuerzas políticas en el plano nacional. Marcará el estado de acumulación política de una fuerza fundante de una nueva mayoría política nacional. No será, en el caso de Cristina Kirchner, un resultado a capitalizar en los estrechos márgenes de un partido político sino la apertura de una etapa de construcción que se insinúa apasionante. Será la etapa del despliegue nacional de un proyecto de recuperación patriótica y popular. Por eso tendrá exigencias nuevas y crecientes que no admitirán ningún conformismo, ninguna vanidad sectaria y autocomplaciente. Será también una etapa dura y compleja: todos los cañones de la insidia, la mentira sistemática y la provocación violenta apuntarán contra esta nueva construcción. Estará puesta a prueba nuestra capacidad política y organizativa para encontrar formas y cauces de participación para millones de argentinos y argentinas que recobrarán la esperanza. Una esperanza que no debe ser la de la espera en lo que haga la conducción, sino que debe plasmarse en una red flexible, dinámica y atractiva de formas asociativas, una manera inteligente de vincular al liderazgo político con la vida cotidiana del pueblo, con sus dolores, sus demandas y sus iniciativas.

HDS tiene su propio modo de aportar a esa construcción. Seguiremos haciéndolo en el territorio de las ideas y el debate político. Promoveremos, como lo hacemos hoy, una creciente articulación y coordinación de esfuerzos militantes para la formación política de una joven generación política que será, con seguridad, la que asuma las responsabilidades principales en esta etapa de la lucha por una patria libre, justa y soberana.

Contra Poder