Un adecuado balance entre el agua que perdemos y la que incorporamos es esencial para la salud.

Reza una canción inspirada en ritos andinos: “Agua de luz, agua de estrellas, Pachamama vienes del cielo. Limpia, limpia, limpia corazón, agua brillante, sana, sana, sana, corazón, agua bendita…”. Para la mayoría de las culturas prehispánicas, como en casi todas las culturas del mundo, el agua era sagrada, objeto de veneración, ceremonias y rituales especiales.

Y es que estas civilizaciones tenían bien presente que el agua es un elemento fundamental para la vida. La vida sólo puede desarrollarse allí donde el agua está presente.

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Además de ser el principal (y fundamental) elemento del planeta Tierra, es el principal componente de nuestro cuerpo, representando el 60% del peso corporal de una persona adulta. Y nos es imprescindible. Podemos sobrevivir semanas sin alimentos (si contamos con las reservas adecuadas), pero no más de dos días sin beber agua, a riesgo de dañar seriamente nuestra salud.

Ella interviene en cada proceso que tiene lugar en nuestro organismo. Sudor, sangre, orina, lágrimas, saliva, heces, jugos digestivos. Cada célula, tejido y órgano precisan agua para funcionar correctamente.

Sus funciones son múltiples: transporta nutrientes a cada una de nuestras 60 trillones de células, activa el metabolismo energético ayudando así al descenso de peso, mejora el flujo de la sangre, favorece la flora bacteriana benéfica, combate el estreñimiento y desintoxica nuestro organismo.

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Ya lo decían nuestras abuelas, mientras recogían agua de lluvia para lavarse el cabello: el agua limpia. Y así como limpia por fuera nuestro cuerpo, aún más importante, nos limpia por dentro. Es que los órganos que se encargan de depurar y desintoxicar el organismo (pulmones, riñones, intestinos, hígado, piel) usan el agua como vehículo.

Concientizarnos sobre su importancia es clave para contribuir con nuestros hábitos a mantener un equilibrio hídrico corporal, esto es, un adecuado balance entre el agua que perdemos y el agua que incorporamos.

¿Cómo mantener este equilibrio?

Evitando el consumo de bebidas diuréticas (mate, café, té, bebidas alcohólicas, etc.) y de alimentos que, lejos de aportarnos, demandan agua para su metabolización (galletitas, panificados, semillas, etc.).

Aumentando el consumo de agua a través de nuestros alimentos. Frutas y vegetales son la mejor fuente de agua biológica. Filtrada por la planta, nos aporta minerales y vitaminas totalmente asimilables y biodisponibles.

Mente sana en cuerpo sano

Somos una unidad. En nuestro ser todo está perfectamente conectado. La falta de descanso incide en nuestro estado de ánimo, una comida muy abundante y pesada en nuestra capacidad de concentración, y una resaca en nuestro nivel de vitalidad y energía. A la inversa, una alimentación equilibrada y una correcta hidratación mejorarán sensiblemente nuestras capacidades físicas, emocionales e intelectuales.

Los síntomas de deshidratación, como mareos, fatiga, somnolencia, dolor de cabeza, confusión inciden directamente en no sentirnos bien y no poder pensar con claridad y lucidez. El agua aclara nuestra mente y emociones, mejorando nuestro estado de ánimo y nuestra capacidad reflexiva.

¿Qué podemos hacer para mantenernos hidratados?

Comenzar el día bebiendo un vaso de agua en ayunas, llevar siempre con nosotros una botella con agua y tener otra más en nuestro lugar de trabajo. Tenerla disponible y cerca es la mejor forma de promover su consumo. Sumar alimentos que aporten agua, especialmente frutas y vegetales durante el día, acompañando cada comida con una ensalada fresca. Y por último, limitar el consumo de bebidas industriales a ocasiones especiales.